Aclaró 277 EL CAMINO DE LA CUARESMA: LA ASCESIS 03/03/2017

La cuaresma se presenta siempre como un itinerario. Como todo itinerario hay etapas que van marcando el sentido del camino. La liturgia de la Palabra de los domingos nos va guiando en una profundización del conocimiento de la persona de Jesucristo.
Casi podríamos decir que al final de esta cuaresma podremos conocer una poco más a Jesús. Este conocimiento no es solo algo histórico, sino que nos lleva a descubrir su papel en nuestra vida. Así lo pedimos en la oración del primer domingo de Cuaresma: «Al celebrar un año más la santa Cuaresma, signo sacramental de nuestra conversión, concédenos, Dios todopoderoso, avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en plenitud».
No podemos hacer de la cuaresma un simple ritual de celebraciones, que al final quedarían vacías, sino que la cuaresma es mucho más rica cuando hacemos de ella un camino de encuentro con una persona que nos transforma y nos hace mejores.
La ascesis no tiene buena prensa en nuestros días. Ya nadie se atreve a hablar demasiado de ella, ni siquiera en los medios religiosos. Sin embargo, ocupa un lugar importante en el Evangelio y en la tradición cristiana, donde ha conocido, por otra parte, muchas variaciones. Nuestra actual desconfianza respecto a ella se explica, en parte, por nuestra reacción contra una concepción de la vida cristiana que ponía el acento en las privaciones y las penitencias, sin subrayar suficientemente el primado de la caridad. Con todo, no podemos prescindir de la ascesis, porque garantiza la participación del cuerpo en la vida espiritual y garantiza su realismo. En consecuencia, se hace necesario tratar de la ascesis en una obra como la nuestra, a fin de volver a descubrir, a la luz del Evangelio y de la experiencia, su valor positivo y su papel efectivo.

El término «ascesis»Imagen relacionada
Precisemos, de entrada, el vocabulario. Ascesis designaba en el griego clásico los ejercicios metódicos que servían para el entrenamiento físico de los atletas y los soldados. Por analogía, designa en filosofia Ios desprendimientos y los esfuerzos necesarios para adquirir la virtud, para alcanzar la sabiduría. San Pablo retorna la comparación con las competiciones de atletas en el estadio; la aplica a la vida cristiana y confiere a la ascesis un sentido religioso, que volveremos a encontrar en los Padres. Para éstos la ascesis designa el régimen de vida ordenado a la perfección evangélica, especialmente en el estado de continencia o en la profesión monástica. En la época moderna, la ascesis hace pensar sobre todo en las privaciones y en las penitencias fisicas asociadas a la vida espiritual; toma entonces un aspecto negativo, aflictivo. El diccionario francés de Robert la define así: «Conjunto de ejercicios físicos y morales que tienden a la liberación del espíritu por medio del desprecio del cuerpo». Del asceta dice: «Persona que… se impone por piedad ejercicios de penitencia, privaciones, mortificaciones».
En teología, la ascesis dará su nombre a la parte de la doctrina espiritual, la ascética, que estudia la búsqueda de la perfección mediante el esfuerzo personal y el uso de prácticas de penitencia para luchar contra los defectos y adquirir las virtudes.
Aunque pueda significar la vida espiritual en su conjunto, el término ascesis tiene como base, en todas estas acepciones, los ejercicios y las privaciones de orden corporal que incluye la disciplina moral. Tomaremos, pues, la ascesis por el aspecto de la participación del cuerpo en la vida espiritual.
La ascesis cristiana, en virtud de las mismas renuncias que implica, constituye el signo de la penetración de un amor nuevo en la vida del hombre. ¿Cómo habrían podido los apóstoles dejarlo todo, familia, oficio, y seguir a Jesús, si su corazón no hubiera sido arrebatado por un amor más fuerte que los afectos y las otras ataduras humanas? Ya desde el primer momento de su vocación, la fe en la palabra de Jesús había sembrado en ellos la semilla de un amor único, que iba a crecer lentamente, a través de las alegrías y las pruebas, para manifestar, finalmente, su fecundidad tras el don del Espíritu Santo, el día de Pentecostés. Ahora serán los testigos y los siervos del amor de Cristo, como muestra la triple cuestión de Jesús a Simón-Pedro tras la Resurrección: «Pedro, ¿me amas?», que le vale el recibir la tarea del amor pastoral: «Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas».
La llamada recibida por los apóstoles es el modelo de toda vocación cristiana, si la tomamos en su fuente, a nivel del corazón. No cabe la menor duda de que en la Iglesia existe una gran variedad en las formas de recibir la llamada, en los dones recibidos y los ministerios confiados, en los modos de realización, así como en las respuestas; pero en el origen de toda vida cristiana se encuentra la revelación del amor de Cristo, con la invitación, suave y vigorosa, a estar dispuesto, en el corazón, a dejarlo todo, si él lo pide, para seguirle por los caminos de la vida. La disposición al desprendimiento, hasta la renuncia a nosotros mismos y a nuestra propia vida, constituye el signo indubitable de la verdad y del vigor del amor. La ascesis cristiana tiene su raíz en la caridad; manifiesta y mantiene su pureza; de ella recibe su fecundidad, así como la alegría que la habita, según el testimonio de los apóstoles: «Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre» (Hch 5, 41).
 

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