MATERNAR EN TIEMPO DE INTEMPERIE

«¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!» Lucas 11,27

Crisis, colapso o transición, como quiera que lo llamemos, vivimos en un contexto de cambios vertiginosos, marcado por el incremento alarmante de las violencias: de género, en los vínculos y en los lenguajes; los suicidios, los genocidios y las persecuciones étnicas y religiosas. A esto se suman los riesgos ambientales que ponen en jaque nuestro futuro y un dominio tecnológico que nos arrastra hacia una incertidumbre que ni siquiera los especialistas pueden prever.

Alarmados por la caída de la natalidad, los Estados se preguntan cómo revertir la negativa de las nuevas generaciones a tener hijos. Nuestro presidente no tuvo mejor idea que culpar a las «feministas aborteras» de que los jardines de infantes se estén vaciando. En Europa, mientras tanto, ya no hay suficientes brazos para empujar las sillas de ruedas de los ancianos.

Y yo me pregunto: ¿qué lugar ocupa la maternidad en este escenario? ¿Es pertinente hablar de las bellezas y virtudes de la buena madre como si pudiera recortársela del torbellino de amenazas y desigualdades en el que está inmersa?

Fragmentar la maternidad de su contexto social, moral y económico es volverse cómplice de aquellos necios contra los que Jesús lanzó una denuncia que atraviesa los siglos: «Atan cargas pesadas y difíciles de llevar y las ponen sobre los hombros de los demás, pero ellos no quieren moverlas ni siquiera con un dedo» (Mt 23, 4).

Maternar hoy es resistir. Es sublevarse. Es tejer durante el día lo que la oscuridad deshilacha por la noche, y volver a tejerlo una y otra vez. Es poner la vida en el centro cuando fuerzas poderosas pretenden desplazarla hacia la periferia. Es anudarse a la trama de los maternajes ancestrales, a esa cadena de cuidados que nos precede, como quien se aferra al hilo de Ariadna para encontrar la salida del laberinto.

Pero maternar no es tarea exclusiva de las mujeres ni se limita al cuidado de los niños. Maternar es cuidar la vida. Y la crisis de los cuidados es, entre todas nuestras crisis, la más profunda y urgente.

Cuidar la vida de todas las especies. Cuidar la casa común. Cuidar lo vulnerable, la memoria y la esperanza. Cuidar que nadie quede atrás. Cuidar la risa, el abrigo y el amparo.

No, no es tarea exclusiva de las mujeres formular las preguntas más elementales y constitutivas del cuidado de la vida:

¿Dormiste bien?».

«¿Tenés hambre?».

«Abrigate, que hace frío».

«¡Es hora de descansar!».

Si trasladáramos estas palabras al mundo entero, comprenderíamos la dimensión del maternaje que nos está haciendo falta. No necesitamos una sociedad en la que las mujeres carguen solas con el cuidado, sino una sociedad matríztica de varones, mujeres y niños capaces de cuidar la vida como una responsabilidad colectiva.

Maternar no es solamente traer vida al mundo. Es impedir que el mundo deje de ser un lugar peligroso

Maternar es una misión espiritual, moral y política

Te invito a conversar sobre este tema en Radio Galilea.

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