Pocas cosas me ponen tan contenta como encontrar coincidencias entre lo que dice la Biblia y lo que leo en el periódico o veo en el cine. Acaba de pasarme con la protagonista de la película de Disney y Pixar, Buscando a Dory: me ha hecho recordar en el acto una metáfora del profeta Oseas y un adjetivo del evangelio de Marcos (soy de la gramática antigua). Dory es una entrañable pez azul con serios problemas de memoria a la que ya conocíamos en Buscando a Nemo: se le olvida todo al momento y va de un sitio para otro diciendo: “Hola, soy Dory ¿podrían ayudarme…?”
También a los israelitas del s. VIII a.C. se les olvidaba en seguida lo que el Señor hacía por ellos y Oseas se lo reprochaba: “Vuestro amor es como una nube mañanera, como rocío que se evapora al alba” (Os 6,4), y algo parecido les pasaba a los receptores “pedregosos” de la parábol
a de la semilla de Mc 4,16 que aparecen caracterizados como proskairoi (transitorios, momentáneos, ocasionales…).
En ellos podemos vernos reflejados también nosotros, emparentados con Dory en sus olvidos persistentes, parecidísimos a la tierra incapaz de retener la humedad que la había refrescado al amanecer, afectados por esa memoria quebradiza y fugitiva que no deja echar raíces a los recuerdos que hacen vivir.
Hagamos la prueba: ¿qué recordamos de la encíclica Laudato si a unos meses de su aparición? ¿Qué huella nos ha dejado su llamada urgente a “cuidar la casa común”? ¿Qué pasos hemos dado en dirección a esa “cultura de la sobriedad y conversión ecológica”? ¿Estamos dispuestos a reemplazar el “discurso verde” (y que se nos pegue la lengua al paladar…) por la adicción a las 3R de reducir, reutilizar, reciclar? ¿Cómo de determinados estamos, por ejemplo, a abrigarnos más en invierno y bajar la calefacción? ¿A evitar plásticos, utilizar transporte público y reducir el consumo de agua?
“No hay que pensar que esos esfuerzos no van a cambiar el mundo”, dice Francisco (LS 211).
No hay que renunciar tampoco a la posibilidad de que Dory recupere la memoria.

