Mucho se ha hablado del abuso sexual en contextos religiosos. Sin embargo, estos crímenes suelen estar precedidos por formas de abuso espiritual AÚN MUY VIGENTES y no siempre reconocidos : una modalidad de dominación emocional y psicológica que secuestra una de las dimensiones más íntimas de la persona: su relación con Dios y con la trascendencia.
He escuchado muchísimas historias de abuso espiritual y hay algo que me llama especialmente la atención: el tiempo que puede tardar una víctima en reconocer la situación de alienación en la que ha quedado atrapada.
El abuso puede responder a necesidades psicológicas —por ejemplo, alimentar el núcleo narcisista del abusador— o sexuales del líder o lideresa. Para lograrlo, se aprovecha el intenso deseo de Dios de la persona y, poco a poco, el abusador comienza a ocupar un lugar que no le corresponde: su palabra empieza a ser vivida como la palabra de Dios. Las necesidades afectivas de la víctima pueden favorecer esta entrega: sentirse profundamente amada, elegida, comprendida y contenida genera un vínculo de enorme dependencia.
El abuso espiritual puede darse en un acompañamiento individual, en un grupo espiritual, en una comunidad religiosa o en contextos sectarios. Puede ser ejercido por un líder, director espiritual, maestro de novicio/a o mentor. Pero hay una condición indispensable: debe existir una relación de poder, porque sin poder no hay abuso.
En una primera etapa, la persona suele sentirse especialmente bienvenida, valorada y apoyada. Precisamente por eso resulta tan difícil reconocer después lo que está ocurriendo. Poco a poco se construye una red de dependencia. El líder va penetrando cada vez más en la intimidad de la vida de la persona: sus decisiones, vínculos, emociones, dudas, elecciones y conciencia.
Entonces aparece un mecanismo particularmente dañino: la alternancia entre atracción y rechazo. La víctima puede ser humillada, descalificada o culpabilizada y, después, recibir nuevamente afecto, reconocimiento o consuelo. Esta combinación puede fortalecer todavía más la dependencia.
Esto no significa necesariamente que la víctima haya perdido su capacidad crítica. Muchas veces conserva dudas y percibe contradicciones, pero calla porque no quiere perder a la persona que se ha convertido en alguien central en su vida y en su relación con Dios.
El problema puede agravarse cuando la propia comunidad participa de esta dinámica: Cuando quienes cuestionan, dudan o simplemente no encajan en los estándares del grupo son etiquetados como “rebeldes”, “soberbios”, “faltos de fe” o bajo una “tentación del maligno”, el abuso deja de ser solamente el comportamiento de un líder y comienza a convertirse en un sistema.
Si la persona mantiene su postura, puede activarse un mecanismo de aislamiento: se desalienta a los demás de hablarle, saludarla o incluirla en actividades. Se levanta una especie de muralla invisible: desaparecen las sonrisas, el trato se vuelve frío y distante y comienza a instalarse la desconfianza. Los miembros pueden incluso sentirse obligados a informar a los líderes sobre conductas consideradas “fuera del molde”, supuestamente por el “bien espiritual” de la comunidad.
Y aquí aparece quizá uno de los mecanismos más profundos del abuso espiritual: Dios mismo es utilizado para justificar el rechazo. Por eso, para la víctima, quedar excluida de la comunidad no se vive simplemente como perder un grupo de pertenencia. Puede experimentarse como si fuera el mismísimo Dios quien la rechazara.
Y ese es el punto en el que el poder espiritual puede transformarse en PROFUNDA ANGUSTIA Y TERROR.
¿Has tenido experiencias de este tipo? Has sufrido o visto sufrir este tipo de aislamientos en comunidades espirituales?
Te leo en los comentarios (sin nombres propios por favor )
Este sábado en Radio Galilea conversamos con Fernando Marasso sobre ABUSO ESPIRITUAL
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