“Perdona nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores” Padre Nuestro
Los endeudados argentinos fueron noticia durante los últimos días. Un informe comparativo difundido en agosto de 2026 situó a Argentina como el país latinoamericano con mayor nivel de morosidad del sector privado.
Nos hemos acostumbrado a hablar de deuda como si fuera un problema exclusivamente individual. ¿Fuiste responsable o irresponsable? ¿Gastaste más de lo que ganabas?
Pero hace más de dos mil años, la Biblia planteaba verdades mucho más incómodas.
«El que toma prestado es esclavo del que presta»
(Proverbios 22,7)
Es una frase brutal. Y también sorprendentemente actual.
Porque la Biblia sabía algo: una deuda puede ser una obligación legítima y, al mismo tiempo, convertirse en una relación de dominación.
En el Israel bíblico, quien no podía pagar podía perder su tierra, su trabajo y su autonomía. Por eso la Ley establecía algo que hoy podría parecernos revolucionario: había momentos en que las deudas debían ser perdonadas.
Cada siete años, según el Deuteronomio, debía hacerse una remisión de las deudas.
Y el Jubileo llevaba la idea todavía más lejos: nadie debía quedar condenado para siempre por una mala situación económica. La sociedad debía impedir que una deuda circunstancial se transformara en una esclavitud permanente.
¡Qué extraña y provocadora idea para nuestro tiempo!
Hoy una persona puede deberle simultáneamente al banco, a la tarjeta, a una billetera virtual, a una financiera y a otra plataforma que le presta para pagar la cuota anterior.
Puede dejar de pagarle a uno y pedirle a otro.Y durante un tiempo parece que logró salir.
Pero, ¿salió realmente? ¿O simplemente cambió de acreedor?
La pregunta bíblica, que atraviesa toda su historia es ésta: ¿Qué clase de sociedad permite que alguien quede atrapado para siempre en una deuda?
Por eso Jesús enseñó a rezar:
“Perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”.
No solamente nuestras culpas. Nuestras deudas.
La Biblia no idealiza al endeudado ni demoniza automáticamente al acreedor. Tampoco propone que nadie pague lo que debe. Pero introduce una sospecha profundamente incómoda:
¿Qué ocurre cuando el crédito deja de ayudar a vivir y empieza a devorar el futuro?
¿Hasta dónde una persona es responsable de sus deudas?
¿Y hasta dónde lo es una economía que necesita que millones de personas se endeuden para llegar a fin de mes?
El mensaje más profético de aquel antiguo texto no es que las deudas son malas.
Tal vez sea algo más radical: Una sociedad puede aceptar que existan deudas. Lo que no debería aceptar es que una deuda se convierta en una condena sin salida.
Más de dos mil años después, entre algoritmos, billeteras virtuales, scoring crediticio y cuotas que se multiplican, la pregunta sigue ahí. Incómoda. Antigua.
Y peligrosamente actual: Tanto influyeron estos planteos en occidente ¿cristiano? Que la jurisprudencia internacional habla de “ deuda odiosa” deuda ilegitima y deuda ilegal .
Este sábado tenemos conversatorio sobre éste tema .Tan antiguo y tan nuevo.
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